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Blog Fellowship AJOE – Juan Durán de la Colina

¿PARA QUÉ UN FELLOWSHIP?

 

Juan A. Durán de la Colina

Director Médico. Instituto Clínico-Quirúrgico de Oftalmología, Bilbao

Catedrático de Oftalmología. Universidad del País Vasco

 

A la pregunta que me hacen: ¿qué ha supuesto haber hecho un fellowship?, he de contestar que, sin duda, determinó lo que  habrían de ser los más de 30 años de actividad profesional posteriores. Poco tiempo después de obtener la especialidad en Santiago de Compostela, bajo la siempre inspiradora influencia del Prof. Manuel Sánchez Salorio, el responsable de Córnea en el Servicio se trasladó a otra ciudad y vi que tenía una oportunidad de desarrollarme en esa subespecialidad. Hablamos de principios de los 80. Por mediación de Miguel Fernández Refojo, químico que trabajaba en el campo de lentes de contacto y de sustitutivos del vítreo en el prestigioso Eye Research Institute de Boston, pude conseguir una estancia de cuatro meses en el Massachussetts Eye and Ear Infirmary (MEEI) a finales de 1983.

 

En esa primera estancia me di cuenta que ahí estaba ocurriendo algo importante. En efecto, en el Servicio de Córnea, liderado por Claes Dohlman, había un ambiente en ebullición, en donde coincidían profesionales de inmensas cualidades como Stephen Foster, Kenneth Kenyon o D. Pavan-Langston. Pero aparte de la forma de trabajo, de las posibilidades en infraestructuras o del enriquecedor ambiente cosmopolita, en esos momentos se estaba gestando, precisamente en ese lugar, un nuevo terreno dentro de la Oftalmología, como era la “Superficie Ocular”. Era Richard Thoft el verdadero iniciador de ese concepto. Tras esos cuatro meses y con la aceptación del MEEI, solicite una Beca Fulbright para retornar de forma oficial, lo que pude completar en 1985-86.

 

Aparte de asistir a consulta y cirugía, estuve en un proyecto de investigación sobre adherencia bacteriana a lentes de contacto. Comenzaba en aquel momento la descripción este tipo de infecciones, lo que curiosamente no ha dejado de preocupar desde entonces. Por otro lado, tuve ocasión de ver en la clínica un catálogo completo de enfermedades de Córnea y Superficie Ocular.

 

Pero, además de esas actividades bien definidas, quisiera destacar tres beneficios de esa experiencia. Por un lado, poder vivir la inquietud y la curiosidad acerca de el mencionado concepto de Superficie Ocular. Eso que ahora se entiende bien y que es parte importante de la Oftalmología, se desarrolló en MEEI de Boston, precisamente coincidiendo con mi tiempo allí. Aparte de estar en el lugar adecuado en el momento adecuado, debo concederme el mérito de haber percibido la trascendencia que eso iba a tener. Lo segundo, el ambiente científico: la cuestión, el método, las deducciones. La duda y la curiosidad pienso que nunca las he perdido. Y un tercer beneficio, conocer y convivir con compañeros de diferentes lugares del mundo que, en este caso, resultaron profesionales de enorme prestigio (Eduardo Alfonso, Kazuo Tsubota, Scheffer Tseng, Stefano Bonini,…) y con los que he mantenido una cordial relación personal y profesional.

 

Mi retorno a Santiago me permitió, lógicamente, mejorar la atención clínica y quirúrgica. Además traté de contagiar a mi entorno de las inquietudes que traía en la maleta. En 1990, mi traslado a Bilbao, supuso una época de transición que se reactivó cuando organicé el I Simposium Internacional de Superficie Ocular en 1995. Recuerdo que muchos compañeros me preguntaban qué era eso de la “Superficie Ocular”. Posteriormente organicé otros tres simposios más, con el apoyo de Allergan, pienso que con una buena respuesta.

 

Las líneas de investigación que iniciamos poco después, se centraban en el estudio bioquímico de la lágrima. Así pudimos demostrar un componente inflamatorio en los casos de queratocono, o describir el perfil bioquímico en algunas enfermedades de la superficie ocular. Por otro lado, mi grupo fue pionero en el uso del PRGF aplicado en forma de colirio. Se inició su empleo para casos de ojo seco grave y de defectos epiteliales persistentes. Un enfermedad que me ha atraído especialmente en los últimos años ha sido el Síndrome de Erosión Corneal Recidivante, sobre el que describimos, entre otras, las imágenes en OCT. En la actualidad continúo en estas líneas de investigación que, como se puede ver, se encuentran en el ámbito de la Superficie Ocular.

 

¿Podría haber hecho todo esto sin un fellowship? Es difícil contestar pero mi intuición me dice que me hubiera perdido muchas oportunidades y que mi idea de la profesión no sería la misma. En una especialidad como la Oftalmología, cada vez más compleja, la mejor forma de iniciarse en una subespecialidad es por medio de un fellowship. Aunque las situaciones personal y laboral son muy variable, hacerlo tras dos o tres años tras la especialidad ofrece la ventaja de tener una cierta madurez que hace aprovechar mejor ese periodo de formación. Algunos programas permiten integrarse en cirugía, haciéndolos más atractivos, pero no daría prioridad a este elemento. Veo más importante forjarse unas bases científicas sobre las que desarrollar habilidades intelectuales y actitudes profesionales, que no caducan y nos orientan en nuestro futuro.

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